5 de septiembre de 2017


Aramburu, sobre ‘Patria’: «Yo pude caer en ETA como cualquier otro joven vasco»

Víctimas, asesinos, las tardes de buses ardiendo y fúnebres heroicidades, la lluvia, el dolor, la cobardía y la muerte se cruzan y persiguen en su última novela
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14.09.2016 – 05:00 H. – ACTUALIZADO: 24.04.2017 – 12:51H.
Cuando Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) se metió en el berenjenal de contar la historia de casi medio siglo de violencia de ETA en una novela monumental de 600 páginas titulada lacónicamente ‘Patria’ (Tusquets), no le quedó más remedio que organizarse. Cerraba el capítulo 60 y al día siguiente regresaba al 45, cambiaba los nombres de los personajes, se equivocó y atribuyó durante varias páginas unos hechos al tipo equivocado, emborronó un panel enorme en su habitación con prolijas líneas argumentales que iban del año 1963 a 2012, asignó a cada uno de los nueve protagonistas los capítulos concretos que iban a protagonizar para que ninguno tuviera más que otro, evitó ‘in extremis’ que alguien fuera al colegio antes de haber nacido… Y sin embargo, tan tenaz actividad se subordinó a otra aparentemente más obvia pero crucial para él: el lenguaje. «Debía evitar a toda costa que un analfabeto se expresara como un catedrático de filosofía».

Aramburu se atribula un poco al dar estos detalles técnicos, «de los que el lector no tiene por que ser consciente». Le interesa el resultado, la historia, el relato. Porque «si los novelistas hemos sido los últimos en llegar, somos los destinados a dejar las palabras perdurables sobre lo ocurrido en Euskadi todos estos años». Y no hay ninguna duda, ‘Patria’ perdurará. La irrupción de esta novela de inédita ambición implica dos apuestas tan disímiles como finalmente compatibles y triunfales. Por un lado, la panorámica global que sobrevuela a todo tipo de personajes, desde la viuda incansable en busca de respuestas al terrorista, gañán, asesino y finalmente arrepentido. Por el otro, y tal es la dulzura cautivadora de su lectura, la simplicidad con la que recoge el lenguaje y los modos de vida, desde las tardes de lluvia al pescado rebozado que deja escapar una nubecilla de vapor al romperse.

A Bittori le mataron a su marido el Txato después de hacerle la vida imposible en el pueblo con pintadas, amenazas y amistades esfumadas. A Miren, su álter ego, le encerraron a Joxe Mari, el hijo terrorista, en una lejana prisión andaluza, inoculándole así un fanatismo sobrevenido de madre doliente y fiel. Hijos, parejas, vecinos, el cura ladino y halitósico, el tabernero que señala objetivos, las tardes de autobuses ardiendo y fúnebres heroicidades en San Sebastián, otra vez la lluvia, el dolor, la cobardía, la muerte.

PREGUNTA. Hay un momento en ‘Patria’ en el que Joxian se encuentra con el amenazado y luego asesinado Txato, que hasta entonces ha sido su mejor amigo. Le explica que desde que han aparecido las pintadas contra él en el pueblo ya no puede saludarle porque “le traería problemas”, pero que le saludará con el pensamiento. Y el Txato le responde: «¿Alguna vez te han dicho que eres un cobarde?». ¿La historia de ETA es una historia de matones y cobardes y poco más?

RESPUESTA. En parte, sí. Pero lo que yo ofrezco al lector es una ficción, ese episodio en concreto me lo he inventado. Eso no quiere decir que fuera imposible, porque en ese caso yo no lo hubiera introducido. Y a continuación extrapolamos, cometemos el error de Don Quijote que ataca el Teatro de Títeres por considerar que la ficción es real. En esa sociedad vasca en la que imperaba la violencia, y no me refiero solo a la violencia más llamativa, a la que llegaba a los periódicos, sino también a otra de tipo más cotidiano, hubo una gama muy amplia de comportamientos. Esos comportamientos no interesan a la historiografía por ser subjetivos y quedar fuera de su potestad. Esa es la mía, la del escritor de novelas. Yo estoy llamado a indagar en la condición humana desde la palabra escrita. Y la condición humana no se puede describir sin tener también en cuenta los comportamientos de las personas, lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Así, una novela no responde a la pregunta de qué pasó —que también—, sino a la de ¿cómo se vivió aquí? Y el lector se pone entonces en la situación de preguntarse: ¿qué habría hecho yo?
Aramburu espera al periodista en un hotel madrileño a última hora de la tarde, recién llegado de Alemania, donde reside desde hace ya tres décadas. Lleva todo el día largando sin parar a los medios y avisa que tiene la batería gastada. Para animarlo, el periodista arriesga una interpretación de su novela y mete la pata. «Qué pasa, ¿que sin querer te has respondido tú? Jajaja». Ok, pero ya vuelve a estar animado. A por él.

P. Por cierto que la ‘omertá’ que durante tantos años se enseñoreó del País Vasco pareció afectar también a la literatura sobre lo ocurrido, impresionantemente escasa para tan graves sucesos. Apenas un puñado de páginas, algunas de ellas escritas por usted. ¿Los escritores vascos pagaron su propio impuesto revolucionario con silencio? ¿Fueron tan cobardes como los demás?
R. Es que ese colectivo de escritores vascos no existe, no forman un grupo homogéneo. Existen vascos que escriben. De hecho, se supone que el escritor es aquel que se va a expresar desde una perspectiva propia. Si no lo hace, no está cumpliendo con su tarea. Y así lo que escriben unos se completa con lo que escriben otros. Ha habido escritores cómplices con el terrorismo, es evidente, han puesto su escritura al servicio de una causa. Es muy difícil dar frutos valiosos desde esa perspectiva, entre otras cosas porque no es la perspectiva de un hombre libre. Y después naturalmente ha habido miedo. Cómo no lo va a haber entre agresiones y asesinatos. A mí no me gusta juzgar desde la posición de uno que vive lejos a los hombres concretos que sufrieron esta situación. También es cierto que los escritores necesitamos un recorrido mayor que, por ejemplo, los periodistas que narran la actualidad. Pero nosotros introducimos en nuestros hábitos la humanidad completa, que decía muy perspicaz Ernesto Sábato. Conseguir esto no está al alcance de cualquiera. Uno lo intenta y puede fallar. De manera un tanto exculpatoria, entiendo que los escritores hayamos sido los últimos en llegar. Pero nosotros estamos llamados a dejar las palabras perdurables. Cuando nuestro testimonio tiene calidad estética, se convierte en universal. Recuerdo que cuando yo veía el ‘Guernica’ en los libros de texto con 10 años, ya me hacía una idea concreta de quiénes habían sido los malos durante la Guerra Civil. El hecho estético es irrebatible.

«Ha habido escritores cómplices con el terrorismo, es evidente, han puesto su escritura al servicio de una causa. No eran hombres libres»

P. A propósito de la Guerra Civil. ‘Patria’ arranca con el final de la violencia armada y con la negativa de una viuda a aceptar el olvido como pilar fundamental de los nuevos tiempos. Se me ocurre una analogía con las víctimas la Guerra Civil. Los del bando nacional pudieron llorar a los suyos, mientras que los del republicano tuvieron que enjugar sus lágrimas durante cuatro décadas. ¿Las víctimas de ETA pueden hoy en Euskadi llorar en paz?

R. Las heridas todavía están abiertas y supurantes. Se siguen produciendo homenajes a presos de ETA liberados y en el pueblo los reciben con música y ceremonias de ensalzamiento. Puedo imaginarme que a una persona a la que le hayan matado al padre ese tipo de escenas le reproduzcan el dolor. Que no haya atentados, sin duda alivia, aunque no tenemos la garantía de que no se vayan a volver a producir. Pero en la sociedad se nota que se han perdido la crispación y el miedo cerval que había hace unas décadas. Si a esta situación se le puede llamar ‘paz’… No sé, no tengo prisa por ponerle un calificativo a la situación actual, en la que sí veo un deseo natural de distanciarse de aquella violencia. Un deseo natural que no es propiamente vasco, se da en todas las sociedades en las que ha habido conflictos sangrientos.

P. Pero su punto de vista es esperanzador. No vamos a destriparle al lector el final de la novela, pero apunta a un final positivo que sí parece un trasunto de su propia esperanza.

R. No quiero trivializar el concepto de la esperanza. Algo positivo hay al final de ‘Patria’, es cierto. Recuerdo que una víctima del terrorismo me acompañó en la presentación de ‘Los peces de la amargura’ y al final me amonestó porque no dejé un hueco a la esperanza. Esta fue una lección muy importante para mí. Negar la esperanza es negar cierto triunfo que la víctima se reserva para sí. Yo he aprendido mucho hablando con las víctimas, me han dado grandes lecciones. Cené una vez con un grupo de víctimas y, vaya, si no me hubieran dicho lo que eran, habría pensado que era una despedida de soltera. No paraban de reír. En aquel ambiente en el que no tenían que explicar nada, porque todas habían compartido un mismo destino, había alegría, risas. Yo, que todavía era inmaduro, no lo comprendía, pensaba que debían vivir en un funeral constante. Hasta que aprendí que esa alegría era algo que no se habían dejado arrebatar por sus agresores.

«La alegría y la esperanza de muchas víctimas es algo que no se han dejado arrebatar por sus agresores»

P. La estructura de ‘Patria’ esconde bajo su aparente simplicidad un trabajo ambicioso. No hay un centro, tampoco en realidad un protagonista, es la comunidad eterna la que, armada como un puzle de voces, cuenta y se cuenta a sí misma. Víctimas y victimarios. ¿La panorámica global se le antojó imprescindible?

R. Totalmente, no puede haber víctimas sin agresores. Y desde el momento en el que intervienen agresores, en la novela hay que llenarlos también de vida.
P. Pero, en un tema tan marcado, vestir la piel de la viuda Bittori no parece tan agradable como hacer lo propio con la del asesino Joxe Mari.
R. No es verdad que el escritor se meta en la piel de sus personajes. Lo que el autor hace es ordenar las palabras de tal manera que obren un efecto determinado en la conciencia del que lee. Yo no soy de los que afirman que escriben para sí mismos, eso no es verdad. Y creo que quienes dicen eso no terminan de explicar bien lo que quieren decir. Desde el momento en el que uno respeta las normas gramaticales, acepta que ese texto pueda ser descifrado por otra persona. Ahora, quizá tampoco un escritor tiene que llegar al grado al que llego yo, porque yo tengo todo el rato presente al lector. Y pienso, vamos a ver cómo le introduzco esto, le voy a crear una expectativa, voy a darle unos párrafos de frases simples, luego una larga… Todos esos efectos están calculados, considerando que al otro lado del escritorio hay un lector, un lector naturalmente fantasmal que quizá se parezca demasiado a mí.

P. Su perfil del etarra encaja en esa categoría de Arendt que señala la banalidad del mal. El terrorista, lejos de ser heroico o especial, no era más que el bruto del pueblo, el mismo chaval envenenado de testosterona y odio que disparaba perdigones a los perros. El problema de esta tesis es que resulta demasiado atractiva para los que nos consideramos inteligentes. Si eras inteligente, inquieto, leído, etc, ¿estabas completamente a salvo de caer en las redes de ETA? O de otra manera, ¿lo estuvo usted?

R. No, no, no, yo estuve tan expuesto como otros jóvenes vascos de mi edad a la doctrina, a la presión grupal, pero por determinadas razones no caí. Pero otros chavales de mi barrio cayeron y entraron en aquella espiral de la que ya no se podía salir. De ETA no se podía salir vivo. Me pongo a pensar qué salvó al muchacho vasco inmaduro con las hormonas alteradas que yo era. ¿Por qué no fui de ETA? Tal vez por haberme criado en una ciudad donde el control sobre la gente es mucho menor que en un pueblo, donde te quedas sin amigos. Luego pienso también en la base cristiana de mi juventud, que reconozco desde mi ateísmo actual. La idea de que uno tiene que hacer el bien a los demás, la empatía con aquel que sufre. Y por supuesto viajar, conocer otros mundos, otras sensibilidades.

«¿Por qué no fui de ETA? Tal vez por haberme criado en una ciudad donde el control sobre la gente es mucho menor que en un pueblo»

P. Es un tema manido, pero ¿por qué cree que en los lugares donde anida el nacionalismo la Iglesia católica suele ser uno de sus principales valedores? ¿Son la religión y el nacionalismo ramas del mismo árbol?

R. Don Serapio es uno de tantos curas, aunque también hubo curas con escolta. Pero es cierto, como bien mostraba un reportaje demoledor de Antena 3, que el 70% del clero vasco es nacionalista.

P. Su novela se titula ‘Patria’ y la patria parece en ella el virus maligno que envenena todo lo demás, desde la convivencia a la amistad.

R. Absolutamente, el nacionalismo siempre pone un filtro. Siempre es tradicionalista, medieval, romántico, sacraliza la tierra. Y llevado a la política, el nacionalismo es muy peligroso.

P. Ha afirmado también que Otegi es un hombre del pasado. Pero en realidad Otegi representa a una izquierda ‘abertzale’ que no parece muy diferente con o sin él. ¿Es la izquierda ‘abertzale’ en su conjunto la que pertenece al pasado, como quizá demuestra el corrimiento de votos de la izquierda hacia partidos nacientes menos identitarios como Podemos?

R. La izquierda ‘abertzale’ sigue siendo indentitaria pero incorpora caras nuevas, cambios estratégicos, de los cuales yo no creo capaz a Otegi. Arrastra un pasado que es el que es. No tiene credibilidad, pero tampoco me parece un hombre importante. De hecho, intenta remedar el nuevo lenguaje de los tiempos, pero no le sale, se le escapó el tren.

Acaba la entrevista. Fernando parará unos días después en el País Vasco para presentar su novela. ¿Qué espera de su recepción allí? «A algunos les gustará más y a otros menos, claro. Pero hay ciertos desagrados que no solo no me incomodan sino que me agradan. Lo que de verdad me preocuparía es que la novela le gustara a los violentos».
31 de agosto de 2017

¿Quién fue Charles Dickens?


Charles Dickens nació en Portsmouth en 1812. Era el segundo de ocho hermanos de una familia de clase humilde. 
En 1817 la familia tuvo que trasladarse a Londres por motivos de trabajo del padre y más adelante a Chatham, donde su madre y su niñera le aficionaron a la lectura.
Cuando tenía doce años, su padre fue encarcelado, en Marshalsea, a causa de sus deudas. Por este motivo, Charles tuvo que empezar a trabajar a una edad muy temprana en una fábrica de betún para conseguir algo con lo que mantenerse. 
Seis meses más tarde, recibieron una herencia, lo que les permitió pagar sus deudas y al padre salir de la cárcel. 
En ese momento, Charles deja de trabajar y vuelve al colegio.
Comenzó trabajando como procurador y más adelante como periodista, haciendo crónicas parlamentarias. 
En 1833 escribió sus primeros artículos sobre la vida en Londres, que se recopilaron en su primer libro Sketches by Boz en 1836. 
Ese mismo año publicó Los papeles póstumos del club Pickwick y en 1838 Oliver Twist. En ese momento, ya empieza a tener éxito con su literatura.
En las décadas siguientes, se convirtió en uno de los novelistas más populares de su tiempo. Esto se produjo a consecuencia del realismo con el que trataba, en sus obras, los problemas sociales de la época.  
Falleció en 1870, fue enterrado en el Rincón de los Poetas en la Abadía de Westminster. 
Dickens utiliza de forma profusa las descripciones que serán muy precisas y cargadas de detalles, tanto en sus personajes como en los paisajes, principalmente urbanos. 
Se podría considerar que Londres es un personaje más de sus obras, incluso en algunas ocasiones podría decirse que es su personaje principal.
Esto lo demuestra en sus primeros artículos, escritos en la década de 1830 que fueron recopilados en su primer libro Escenas de la vida de Londres, escritos con el pseudónimo de Boz, y que más adelante volverá a poner de manifiesto en casi todas sus novelas y relatos. 
El protagonismo de Londres es tan importante para Dickens que su hijo Charles publicó una guía de Londres llamada Dicken’s Dictionary of London, que se considera una una fuente imprescindible para el conocimiento del Londres de aquella época. 
Tristemente, muchos de los lugares descritos por Dickens han desaparecido. A pesar de todo, las visitas guiadas al Londres de Dickens es uno de los tours que tiene más éxito entre los turistas que llegan a Londres. 

La Navidad antes de Dickens
La Navidad no siempre fue tan sonada y popular como en la actualidad. En Inglaterra en Siglo XVII, durante la Reforma protestante, en que  los sectores ingleses más puritanos rechazaban la fiesta del nacimiento de Jesús por su vinculación al catolicismo, y la acabaron prohibiendo en algunas iglesias protestantes. Hasta que finalmente, durante la Guerra civil inglesa en 1647, un edicto de los gobernantes puritanos ingleses prohibe tajantemente la celebración de la natividad. No obstante, el pueblo se amotinaba, rebelándose contra esta impopular decisión, hasta que la fiesta vuelve a restaurarse en 1660. Aun así, muchos de los miembros del clero reformista, siguieron los argumentos puritanos y continuaron rechazando las Celebraciones Navideñas. El edicto ya se había revocado pero todavía tenía efectos funestos. La Navidad era un día de descanso que se dedicaba a actividades sencillas. En el continente americano algunos hogares celebraban una fiesta solemne con pocos símbolos de alegría.
En la América colonial, aunque los cristianos residentes de Virginia y Nueva York siguieron las celebraciones libremente, los Puritanos de Nueva Inglaterra rechazaron la Navidad, y su celebración fue declarada ilegal en Boston de 1659 a 1681. Después de la Revolución americana, en los Estados Unidos, la Navidad se entiende como una costumbre inglesa que va perdiendo importancia. Llegados al siglo XIX, vemos cómo la celebración de la Navidad se estaba quedando en una costumbre religiosa más, sin nada de especial.

El origen de la Navidad actual
La Navidad, tal como la conocemos hoy, es una creación precisamente, del siglo XIX. Ya que es en este siglo, cuando la Navidad empieza a popularizarse con el carácter que tiene hoy día, se refuerzan costumbres como el intercambio de regalos, la figura de Santa Claus o la de regalar tarjetas de Navidad.
En 1843 Dickens escribió Cuento de Navidad, el primero de una serie de libros anuales de Navidad que pretendían, según él, “…despertar antiguos pensamientos de amor”. En estas historias, Dickens aprovecha los ingredientes de la conmovedora celebración religiosa de la antigua Navidad para tratar de unir a las familias con el espíritu del amor y la caridad. Dicho de otras manera; consciente de que la celebración de la Navidad había perdido fuerza e intensidad, Dickens concibe esta fecha como un tiempo de celebración sincero y familiar, y recupera tradiciones y costumbres. En definitiva revive la celebración del nacimiento de Cristo y la impregna de un estimulante espíritu navideño.
La labor de Dickens surte el efecto esperado. En navidades posteriores sus libros navideños se siguen vendiendo. Las costumbres antiguas se van recuperando;  El árbol de Navidad, originario de zonas germanas, se extenderá por otras áreas de Europa y América. Los viejos villancicos vuelven a escucharse y se componen otros nuevos (la costumbre de cantar villancicos, aunque de antiguos orígenes, procede fundamentalmente del siglo XIX). Las tarjetas de navidad no empezaron a utilizarse hasta la década de 1870, aunque la primera de ellas se imprimió en Londres en 1846.
Costumbres que con el tiempo, nuestra sociedad consumista (en especial la norteamericana) aprovecharía para expandir la Navidad por el mundo, ya sin el matiz religioso sino con el marcado slogan del “espíritu navideño”.

30 de agosto de 2017

Victoria – Breve apunte


El escritor noruego Knut Hamsun escribió esta novela, Victoria, en 1898, cuando tenía treinta y nueve años y ya era un escritor consagrado. La obra lleva por título el nombre de su primera hija, nacida en 1902. El autor había conquistado un sitio destacado en la literatura no sólo noruega, sino internacionalmente con sus novelas Hambre, publicada en 1890 y Pan, publicada en 1894.

La obra de Knut Hamsun muestra su influencia de un período cargado de pesimismo a finales del siglo XIX. La literatura escandinava pasa por un momento en el que el romanticismo tardío está vigente, coincidiendo con este período de pesimismo. En estas obras se mezcla el romanticismo tardío junto a la llegada del realismo y el naturalismo. Fruto de todo esto, en su obra se reflejará una concepción pesimista de la existencia humana. 

Knut Hamsun está considerado por los críticos como el iniciador de la novela moderna noruega del siglo XX, a partir de la publicación de Hambre en 1890, cuando abandona el realismo de la novela clásica y comienza a escribir una novela mucho más moderna, mediante la descripción de sentimientos y experiencias radicales del ser humano. 

La novela Victoria se considera una novela de madurez, publicada cuando el autor tenía treinta nueve años, en 1898. En ese momento Hamsun ya había regresado a Noruega después de varios años de vida en América. 

Victoria, la escribió al poco tiempo de casarse con Bergljot Gopfertin, una mujer mucho más joven que él, separada de su anterior marido, y de la que el escritor se separaría, también, en 1906. 

Esta obra, la escribe en muy poco tiempo, apenas cuatro meses, y es la primera vez que una obra de Hamsun narra el pasado de sus personajes. En realidad, es una obra en la que el pasado y el presente se entremezclan o podríamos decir que uno es la consecuencia del otro y los recuerdos y sensaciones vuelven a él recordándole el pasado.  

El autor, empieza ya a expresar sus ideas sobre la sociedad y su defensa de los campesinos, criticando a la sociedad capitalista, como después hará en otras obras como En el país de los cuentos de 1913 y en La Bendición de la tierra de 1917. Estas novelas le harán merecedor del premio novel en 1920.

Victoria, es una novela neorromántica y muy vitalista en la que 
cuenta el amor apasionado de dos jóvenes de distinta clase social. Esto condicionará toda su relación. En la obra, se mezcla lo onírico con lo real y en numerosos fragmentos de la obra se plasman sentimientos exaltados. La novela incluye algunos relatos casi fantasmagóricos, en los que queda patente la desesperanza y la fatalidad. Aunque el protagonista parece viajar y conocer otras personas, finalmente, se mueve en una especie de universo cerrado en el que da igual que los personajes estén en el campo o en la ciudad, se siguen encontrando de una forma inevitable. Lo que en muchas ocasiones atormenta tanto a Johannes como a Victoria.

En esta obra, Hamsun deja ver su idea existencialista del hombre, su influencia de Nietzsche  y su visión del destino, imposible de cambiar y que no deja espacio para la libertad.

El protagonista quiere ser escritor, necesita la escritura; con la escritura consigue calmar el sentimiento de perdida de su amor y además consigue la fama y la consideración de los demás, aunque esto parece no interesarle.

La novela está estructurada en trece capítulos, en los que van transcurriendo la vida de Johannes y de Victoria de forma paralela pero no llegan a encontrarse. 

Victoria es una mujer que vive con sus padres y que para Johannes es un ser angelical como de otro mundo que le otorga un cierto halo de distancia.

El protagonista principal, Johannes,  aparece como un héroe romántico, es decir, apasionado, bueno, amante de la naturaleza y lleno de agitación interior. 

La presencia de la naturaleza se hace imprescindible en la obra de Hamsun, que ve al hombre como parte de la naturaleza y rechaza todo lo que va en contra del hombre, es decir, muchos de los elementos del progreso humano. Johannes siente la naturaleza como algo sanador, algo que le reconcilia con la vida y reconoce cada rincón de su bosque, los árboles, las flores, los animales, los pájaros, las orillas del río, etc.

Por otro lado, presenta la ciudad como algo frío e inhóspito. En el último encuentro con el viejo preceptor, expresa la idea de la fatalidad humana, la desesperanza.

“Nunca consigue uno a la mujer que debería tener; pero si ocurre una sola vez por pura y maldita justicia, ella muere enseguida. Siempre surgen problemas, Y entonces el hombre se ve obligado a buscar otro amor de la mejor clase posible y no tiene por qué morir a causa de ese cambio. Se lo digo yo, la naturaleza es tan sabia que el hombre puede soportarlo perfectamente. Míreme a mí” 

Victoria sorprende por su fuerza y su lirismo. Su tratamiento de la naturaleza recuerda, en cierto modo, al de Robert Walser en  El paseo y a otros escritores de principios del siglo XX, que presentaban a un antihéroe como protagonista y su visión pesimista y fatalista de la vida. 

Victoria, tiene, en algunos momentos, algo de realista, pero, también, el autor realiza algunos experimentos en cuanto a la forma. La novela presenta algunas digresiones sobre el amor y las pasiones humanas, como la soledad, el amor, el egoísmo, etc. y la inclusión de relatos, poemas y cartas. En especial, la última carta de Victoria. Cuando Johannes la lee, ella ya está muerta. En la carta se Victoria expresa sus sentimientos de persona enamorada y moribunda, con gran fuerza y apasionamiento. Con esta carta Hamsun pone fin a la novela. El fatalismo se ha cumplido y ya no queda nada por decir.
29 de agosto de 2017

¿Quién es Knut Hamsun?


Knut Hamsun es un escritor noruego, cuyo verdadero nombre era Knut Pedersen y que nació en Lom en  1859.

Hijo de una familia campesina, nunca quiso dedicarse al campo y ejerció diversas profesiones en su vida: aprendiz de zapatero, carbonero, maestro de escuela, picapedrero, empleado comercial, vendedor ambulante y escribiente en un puesto de policía; todo esto en Noruega. Ingresó en la universidad de Oslo, sin ningún tipo de formación previa, con la intención de ser periodista, pero pronto tuvo que abandonar este proyecto.

En 1882 viajó a América, donde pasó dos años. Allí trabajó de lo que pudo, mientras escribía y después de varios fracasos, volvió a Noruega en 1884.  Más adelante, volvió a Estados Unidos y en esta segunda etapa, trabajó como agricultor, tranviario, e incluso dio algunas conferencias para compatriotas, sobre literatura. Comentó las obras de Ibsen, Strindberg, Zola, Tolstoi y Dostoyevski.

Regresó, de nuevo a Noruega en 1889 y escribió una obra en la que contó sus impresiones sobre América, que fueron casi exclusivamente negativas, La vida espiritual de la América moderna. Hamsun fue uno de los principales representantes del neorrománticos de su país.

A continuación, publicó la novela que le proporcionó su gran éxito, Hambre, donde hablaba de las duras condiciones de vida que se vivieron en Christiania (Oslo), donde algunas personas podían incluso llegar a morir de hambre. 

Tras el éxito de Hambre, escribió una trilogía dramática A las puertas del Reino (1895), El juego de la vida (1896) y Ocaso (1898). 

Asimismo, escribió las composiciones líricas El coro salvaje en 1904, así como cuentos y varios relatos de viajes y de experiencias vividas.

Su tema principal, trata de la contraposición entre naturaleza y civilización moderna, defiende el individualismo y rechaza la civilización industrial. Sus protagonistas, maltratados por la ciudad, vuelven siempre a buscar la paz en la naturaleza y principalmente el bosque.

Cuando Knut Hasum se casa y se establece como hacendado, busca otros temas, y propone con sarcasmo e ironía los temas de presunción y dogmatismo. Obras de esta época son Mujeres en la fuente en 1920 y Último capítulo 1923. 

En sus últimas novelas, Vagabundos de 1928, Augusto escrita en 1930, La vida continúa de 1934 y El círculo se ha cerrado de 1937, reaparece su tema principal de la antítesis naturaleza/civilización industrializada.

En 1920 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Cuando, en 1940, las tropas alemanas invadieron Noruega, Knut Hamsun, defendió la ocupación y perdió su reputación. Aun hoy en día, a pesar de su muy reconocida importancia literaria, no existe en toda Noruega ni una calle ni plaza con su nombre. Se le considero un traidor de la patria. 

Hamsun fue sometido a juicio y fue desposeído de sus bienes por sentencia de un tribunal noruego y declarado enfermo mental. 

En 1949 apareció el diario escrito durante su reclusión: Por senderos donde crece la hierba. En este diario intenta transmitir al lector las razones que le llevaron a defender la ocupación alemana de 1940.

Knut Hamsun falleció el 19 de febrero de 1952 en su hogar, cerca de Grimstad.

Las obras de Hamsun han sido editadas en España desde hace cincuenta años en diferentes editoriales como Anagrama, Alfaguara, Plaza& Janés, Círculo de lectores, Planeta, Bruguera, Ediciones de la Torre, Biblioteca Nueva, etc. 

En 2009 con motivo de la celebración del 150 aniversario de su nacimiento, la  editorial Nórdica publicó, por primera vez en español, la novela Victoria

En 20010, también la editorial Nordica, publicó la biografía de este escritor Knut Hamsun. Soñador y conquistador, que el periodista, escritor noruego Ingar Sletten publicó en 2005. Sletten había descubierto años antes un archivo del escritor noruego en el desván de la casa de campo, Norholm, cerca de Grimstad.  En este archivo, que se pensaba que había desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial, se encontraron, entre otras cosas, los manuscritos de sus novelas, su correspondencia particular y  sus diarios. En estos documentos queda patente su obsesión por la escritura y su oposición a la civilización industrial. Esto le llevó a una  vida solitaria y, como muchos personajes de sus obras, a buscar el contacto con la naturaleza, y particularmente con el bosque. 

Lo que mueve el mundo – Breve apunte


Kirmen Uribe publicó su segunda novela, Lo que mueve el mundo, en el año 2012. Como vemos, por su trayectoria literaria, es un escritor que se toma su tiempo en la realización de sus creaciones literarias.
Según sus propias declaraciones: 
«Yo procuro ser metódico a la hora de escribir. Primero, tengo que estar seguro de la idea de la novela que voy a escribir. Luego viene el trabajo de documentación, los esquemas, mapas de ideas etc. Más tarde, me pongo a escribirla. Al final, viene todo el proceso de re-escritura que es fundamental. La re-escritura puede hacer que una novela mediocre se transforme en una buena novela. 
Lo que mueve el mundo, por ejemplo, la escribí en dos meses en Sausalito . Fue una especie de fiebre creativa. Para entonces ya había hecho los deberes de documentación y había perfilado la historia y los personajes. Pero el trabajo de re-escritura ha sido mucho más largo. Procuro cuidar muy bien cada detalle.»
Firmen Uribe, en esta obra, ha querido homenajear a un amigo desaparecido, a quien va contando la historia tierna y apasionada de la vida del escritor Robert Mussche.
Aquí, el autor vuelve a colocarse en el papel del narrador, aunque lo hace de una manera mucho más discreta que en su anterior novela: Bilbao Nueva York Bilbao. En esta obra el narrador aparece con el propio nombre del autor, con lo que autor y narrador se funden en una misma figura. Aquí, vuelve a suceder lo mismo, aunque Kirmen Uribe permanece en un segundo plano ocupando, sin embargo, el papel de narrador de la historia.
Al principio, la novela parece que va a narrar la historia de uno de aquellos niños que salieron del puerto de Bilbao hacia Bélgica durante la Guerra Civil española, con el fin de no tener que sufrir los horrores de la guerra y, además, tener una oportunidad de labrarse un futuro mejor del que se podía esperar en nuestro país, en aquella circunstancias. Pero, eso es sólo el inicio de la novela que sirve como justificación para otros temas y como hilo conductor de la vida de Robert Mussche, verdadero protagonista.
Realmente, Lo que mueve el mundo, narra la vida de Robert Mussche, un escritor Belga. La historia comienza con el encuentro de este con Karmentxu, la niña exiliada que viene de Bilbao, pero a continuación  conoceremos la adolescencia de Robert y su amistad con Herman. 
Uribe va desgranando poco a poco fragmentos de la vida de este escritor: su ingreso en la resistencia, su deportación, sus vivencias en un campo de concentración, etc. 
Pero, al mismo tiempo, habla de la familia que dejó. Así como, de su hija Carmen a la que le cuesta perdonar la decisión de su padre, que le privó de su presencia durante la infancia. 
Robert fue el padre que nunca estuvo y el marido que nunca fue. Dirigiendo la vista hacia el personaje de Carmen y sus sentimientos, la novela, plantea el dilema: tener que decidir entre los ideales y la familia.
Pero, como ya hemos dicho, en este caso, los protagonistas no son ni la familia de Mussche, ni la niña exiliada de la Guerra Civil, Karmentxu Cundin, sino el propio Mussche.
La obra habla también sobre la amistad y toma como modelo la relación que mantienen, casi desde la infancia, Robert y Herman que, en un principio, comparten los mismos gestos, los mismos gustos, etc.
Con el tiempo, los dos amigos se irán separando porque ambos personajes deciden tomar vías distintas. Aunque Robert se siente traicionado por Herman, sigue manteniendo el sentimiento de amistad.
Asimismo, la obra nos habla sobre el amor, el compromiso, la lealtad y la trascendencia de algunas decisiones que marcarán toda una vida.
El autor, hablando sobre su novela, ha dicho:
«Todo tiene su reverso, hasta la figura del héroe», Por un lado, la perspectiva heroica de quien se implicó en la resistencia durante la guerra. Por otro, la figura paternal que  nunca estuvo y el marido que dejó de ser».
En realidad no podemos considerar la obra como una novela histórica, a pesar del momento histórico en el que está enmarcada la narración.
Es una novela de personajes y en particular muestra la doble faceta de la vida de Robert Mussche.
El autor, hablando de los personajes de la novela ha declarado:
«Robert tiene mucho de mí. En muchos aspectos. Le gusta la cultura, es tímido, idealista… Pero también su mejor amigo, Herman, tiene mucho de mi. Herman es más vital, es egoísta a veces… Muchos lectores me han identificado con Robert , pero muchos otros con Herman. Creo que estoy en los dos. No me gusta maltratar a mis personajes, yo los quiero. Pero eso no quiere decir que sean planos, que sean perfectos. Siempre me gusta enseñar sus virtudes y sus debilidades».
En cuanto al lenguaje, podemos decir que está muy cuidado y pensado. Su sintaxis nos lleva a una lectura ágil y rápida con frases cortas que se van enlazando unas con otras, algunas incluso sin verbo. Esto puede ser consecuencia de una idea pensada para imprimir acción a su novela pero también podría ser consecuencia de la influencia de la sintaxis de la lengua vasca.

El dilema que podríamos plantearnos es si fue acertada la decisión que tomo Robert Mussche que condicionó su vida por completo. ¿Le mereció la pena renunciar a disfrutar de su familia? No lo sabremos nunca.
28 de agosto de 2017

¿Quién es Kirmen Uribe?

Kirmen Uribe es un escritor vasco nacido en Ondarroa, Bizkaia en 1970. Sus obras han sido traducidas a 14 idiomas, entre ellos el francés, el alemán, y el japonés.
La Familia del escritor nunca estuvo vinculada al mundo de la literatura sino al del la pesca, desde generaciones.
Firmen Uribe se licenció en Filología Vasca en la Universidad de Vitoria e hizo un postgrado de Literatura Comparada en la Universidad de Trento en Italia.
Su primer premio literario importante, Becerro de Bengoa, lo recogió en 1995 por su obra Lizardi eta erotismoa.
En 2008 publicó, en euskera, su novela Bilbao-New York-Bilbao que obtuvo el Premio Nacional de Literatura (Narrativa) . En 2010 aparecieron simultáneamente las traducciones al castellano (Seix-Barral) , gallego (Xerais) y catalán (Edicions 62).
En 2012 publica su novela Lo que mueve el mundo. En estos momentos, se espera la publicación de una nueva novela titulada La hora de despertarnos juntos
Kirmen Uribe participa de proyectos multimedia en los que se combina poesía con otras disciplinas artísticas, principalmente música. En el año 2000 participó del espectáculo Bar Puerto, en el que se unían poesía, música, video e historia.
En 2003, publicó el CD-libro Zaharregia, txikiegia agian (Demasiado antigua, demasiado pequeña quizás) junto a los músicos Mikel Urdangarin, Bingen Mendizabal, Rafa Rueda y el ilustrador Mikel Valverde. Este CD-libro fue el resultado de los recitales que este grupo de músicos interpretó en Nueva York .
Tras publicar su poemario en Francia, el dramaturgo francés Francois Mouget se interesó por su obra y elaboraron un espectáculo titulado Entre-temps donne moi la main (mientras tanto dame la mano). El espectáculo consistía en una lectura dramatizada de los poemas de Kirmen Uribe acompañado de música en directo.
Este autor ha participado en numerosos encuentros internacionales de literatura. Entre otros, el «World Volees» de Nueva York, organizado por el PEN Club americano. Así como en el Festival Internacional de Poesía de Berlín , el festival Internacional de Poesía de Taipei (Taiwán), el Festival de Literatura de Manchester, el Festival ¡Mira! de Burdeos, el Festival de Literatura de Vilenica (Eslovenia)
Asimismo, ha leído su obra en universidades como la de Stanford, la Universidad de Nueva York, El California Institute of The Arts en Los Ángeles, la Universidad de California en San Diego, la Universidad Católica Fu-Jen de Tai-pei o en la Universidad de Varsovia.
En 2008 la antología New European Poetry dirigida por los críticos estadounidenses Kevin Prufer y Wayne Millar recogió tres poemas de este autor.
Kirmen Uribe es un escritor que practica todos los géneros literarios y por esto no ha dejado de lado la literatura infantil. En 2003 publicó la primera entrega de la serie de novelas cortas Garmendia, dirigidas hacia el público de enseñanza primaria. Esta serie de aventuras y humor narra las peripecias de un pastor que emigra a finales del siglo XIX al salvaje oeste y se convierte en pistolero sin pegar ni un solo tiro, obteniendo un gran éxito entre el publico infantil.
Para los más pequeños ha escrito el cuento Guti, la historia de un perro al que le desguazan el barco en que vivía, y Ez naiz ilehoria (Yo no soy rubia) que narra la historia de Amira, una chica marroquí a la que le cuesta hacer amigos en Vitoria.

La prestigiosa revista de la Universidad de Harvard «The Harvard Book Review» ha dicho de Kirmen Uribe: «La literatura de Uribe hunde sus raíces en el Pais Vasco, pero es totalmente universal».
27 de agosto de 2017

Una vida presente: Memorias (Julian Marías) – Breve apunte


A lo largo de las páginas de estas memorias, Julián Marías narra su vida íntima. Cuenta su vida familiar de infancia y de adulto. Habla de su vida familiar acompañada de sus padres y su hermano, fallecido a muy temprana edad. Asimismo, cuenta la vida de la familia que él formó. Marías habla de Lolita, su mujer, y su profundo amor por ella, que trás su muerte nunca pudo superar. 

El autor hace constantes referencias, en esta obra, a sus encuentros personales con amigos, profesores, alumnos y colegas. Narra su relación de amistad con muchos de los que fueron sus profesores en una época dorada de la Universidad española como fueron: García Morente, Zubiri, Gaos, Besteiro, Ortega y Gasset, Menéndez Pidal, Madariaga, Heidegger y Gabriel Marcel, entre otros. 

Marías cuenta, como nació su vocación filosófica y nos habla minuciosamente de su larga trayectoria intelectual, que queda patente en sus libros, artículos, conferencias y cursos, tanto en España como en Hispanoamérica y Estados Unidos, así como sus viajes a otros países europeos y asiáticos. 

En conclusión, estas memorias nos dan una visión privilegiada de la situación política, intelectual y social de la España que le tocó vivir a Marías y que casi podríamos decir que, en parte, ha sido la nuestra. 

A Marías, como a muchos de nosotros, le han tocado vivir períodos fundamentales de la historia contemporánea de España: la Segunda República, la Guerra Civil, la Dictadura, la instauración de la Monarquía, la Transición y finalmente la Democracia. 

Ante esta amplia y minuciosa narración, no ya de hechos sucedidos durante una vida, sino de como los hechos han pasado por ella, como la han ido transformando, me queda realmente poco por decir. 
Así que, en este caso, y por profundo respeto, prefiero dejar la palabra a Fernándo Lázaro Carreter  que en un artículo plasma, con su perfecto estilo, aquello que a mí me gustaría ser capaz de decir y que obviamente no puedo. Aunque se trata de un artículo en el que sólo comenta la primera parte de estas memorias y no hace referencia a las otras dos partes que la completan, creo que no es necesario ni se puede añadir nada mejor al comentario.



Julián Marías «Una vida presente: Memorias 1»
Fernando Lázaro Carreter
Entre los haberes más valiosos de mi vida, cuento la amistad de Julián Marías. La que yo siento por él; la que él siempre me ha mostrado. La mía empezó siendo asombro y respeto por su nombre. Decía Ortega que, en los años de su mocedad, había un escándalo en Madrid, y que ese escándalo era Valle-Inclán. Cuando yo llegué a Madrid, año 1943, exactamente hace nueve lustros, el escándalo no era, por desgracia, estético, sino ético. Estaban aún sin cicatrizar las heridas materiales de la guerra. La vida intelectual, cuya rica diversidad buscaba un joven de provincias, era sólo un coro que entonaba un único himno. La Facultad de Filosofía y Letras no sólo había roto con su inmediato pasado, sino que lo miraba con rencor. Los escasos supervivientes, Dámaso Alonso, por ejemplo, flotaban en un ambiente de sospechas y aprensiones. Los nombres que un joven de provincias, discípulo de José Manuel Blecua y de Francisco Ynduráin, admiraba, habían sido cruelmente entintados, para que no pudieran leerse, en las cubiertas de sus libros. Los apuntes que una de las nuevas estrellas de la filología decía haber tomado de las explicaciones de don Américo Castro, nos eran leídos en clase por su ayudante -la estrella se abstenía de brillar en el aula- para que apreciáramos «qué tonterías decía el judiote de don Américo». Eran, claro, las tonterías del copista. Quien no quería cantar, callaba con prudencia o con temor. El escándalo de aquel Madrid sombrío se llamaba Julián Marías. Era prácticamente el único antifranquista público que andaba por la calle, la extraña oveja negra, que, poco antes, había sido cargada, mediante un infamante suspenso asestado a su tesis doctoral, con las culpas de una intelectualidad presunta responsable de los males de España. El misterioso Julián Marías circulaba por el sigilo de los que callábamos mientras sonaba el himno, musitado su nombre con respeto, asombro y una absoluta falta de información acerca de su persona. «Un discípulo de Ortega», era su única etiqueta. Sí, pero, además, ¿quién?

Naturalmente, ya pudimos saber más, mucho más, cuando apareció su Historia de la Filosofía, y se nos reveló una mente tan poderosa como nítida. Y cuando otros libros y escritos suyos vieron luz, y él mismo fue haciéndose presente con su palabra. Al fin, pudimos traerlo a la Universidad de Salamanca, finales de los cincuenta. Algo grave, creo que una muerte política, no lo recuerdo, había ocurrido en España el día de su conferencia. Una oscuridad moral se añadía a la de aquel anochecer de invierno. Y en el paraninfo donde un 12 de octubre había sonado el célebre aldabonazo de Unamuno, Marías no calló, y dijo por todos -no se si por todos, pero sí por muchos- nuestra angustia.

Allí empezó nuestro conocimiento, que iría trocándose en amistad. Durante muchos años, durante muchos jueves del año, me siento en un sillón contiguo del suyo en la Academia. Allí, nuestras coincidencias suelen ser absolutas; y no sólo en la estimación de vocablos y de significados: mientras otros compañeros discuten de sustantivos y verbos, nosotros nos susurramos algo sobre todas las cosas. Conozco, no hay que decirlo, cuanto escribe, anticipado y resumido, muchas veces, en nuestros cuchicheos. Ante sus análisis o interpretaciones de lo que acontece, puedo suponer sin error, en infinidad de casos, con sólo leer el planteamiento, cuál va a ser la actitud que Marías adopta: hasta tal punto coincido con su pensamiento; o hasta tal punto mi propio pensamiento se ha impregnado del suyo, no sé. A pesar de eso, yo no conocía verdaderamente a Julián Marías . Y, a pesar de su visible presencia en la vida española, de su relevante influencia pública, me temo que eso mismo sucede a infinidad de personas que lo admiran, lo quieren y creen conocerlo.
Me he leído el primer volumen de sus Memorias de un tirón. No exagero: ni la cena ni el sueño han interrumpido la lectura. Oía la voz del autor -cuando se lee a Marías, se escucha su voz- contándome de sí, haciéndome confidencias, descubriendo lo que, bajo el trato frecuente, continuaba oculto. Todo lo actual tiene un pasado, un hacerse, sin el cual no se comprende; la superficie procede de un espesor que la sustenta y explica. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que nuestra amistad era superficial: apenas si yo hubiera podido añadir algo a lo que de él dice cualquier currículo sucinto. Entiéndase: algo referente al hombre y sus vicisitudes. Porque pocos hay, con relieve público, tan celosos, tan púdicos con su intimidad. Y he aquí que, en esa noche de lectura confidencial, Julián Marías se me ha revelado, esto es, se me ha explicado con una doble biografía, aunque el libro entreteja fuertemente las dos: la de su vida intelectual y la que le ha tocado gozar y sufrir como persona. Si la primera puede rehacerse por cualquiera que haya seguido la trayectoria de sus publicaciones, la segunda precisa de confesiones para ser conocida. Es ésta lógicamente la que más me ha interesado. Narra algunas anécdotas de su más temprana infancia, que no contaré para no privarlas del encanto de su estilo, que anuncian ya tres cualidades del Julián Marías que todos conocemos: la sinceridad desafiadora del riesgo, la cortesía aun con quienes no la merecen, y la veracidad como supremo valor: a los seis años, se juramenta con su hermano para no mentir nunca; con sencillez comenta que no cree haber quebrantado jamás aquel propósito.

Marías comparece en sus confidencias rodeado desde la niñez de gentes encantadoras: sus padres, su hermano, la tía soltera de los hogares españoles, parientes, vecinos, que son su paisaje vital, evocados con la inimitable y persuasiva sencillez de su palabra. Primero, el vivir confortable y burgués de aquella honorable familia de provincias, naturalmente ajeno el muchacho a lo que acontecía al otro lado de las verjas del Campo Grande vallisoletano. Pronto, el descubrimiento de que hay un más allá de las paredes de casa y de los árboles del parque: el bosque inmenso y complicado de los problemas nacionales. Paralelamente, la decadencia, la ruina familiar y la primera gran tragedia que hiere su ánimo, ya en Madrid. Los estudios primarios y bachilleriles, hasta la llegada a la Universidad, donde su aún indecisa vocación es literalmente raptada por la Filosofía que, al fin, ya alumbraba originalmente en España. Sus lecturas, la compra de libros sin dinero apenas, su aprendizaje de idiomas. Y, en medio de todas estas cosas entre las que va creciendo, la aparición de Lolita. Sólo un alma tan delicada como la de Julián, dotada además de singular potencia artística, es capaz de hacer un análisis tan fino, tan cautivador, del surgir del sentimiento amoroso, a partir del simple placer que causa la compañía, hasta que ese querer estar juntos se convierte en necesidad de no separarse. Por el libro desfilan muchas mujeres; el autor conoce muy bien la condición femenina, y a elucidarla ha dedicado hondas e inolvidables meditaciones. Al hilo de esas mujeres evocadas, Marías hace revelaciones absolutamente íntimas acerca de su modo de vivir la relación entre los sexos (algo de lo que jamás habíamos hablado, y sin lo cual no acaba de conocerse al prójimo). Entre todas las mujeres que contornearon el vivir del autor, Lolita representó el amor, el solo y único amor de su vida, el hilo que, a diferencia del de Penélope, suelda irrompiblemente el vivir intelectual, moral y familiar de nuestro amigo. A la inversa -si no, no hubiera sido amor- Julián se hace parte del alma de su esposa. Las páginas en que eso se narra son dignas de cualquier gran lírico que fuera capaz de razonar su sentir.
Este primer volumen, que acaba con el primer viaje del matrimonio a los Estados Unidos, en 1950, narra dos momentos culminantes, privado uno y público el otro. En el orden personal la escalofriante pérdida del hijo primogénito, relatada con un ascetismo formal que hace más punzante la tragedia. En el orden social, la República y la guerra, vistas con unos ojos que, entre las tantas opciones de aquellos años, habían optado por una mirada resuelta y firmemente liberal. Marías puso su esperanza en la República, aunque no se le ocultaban los errores en que incurría cada vez que resolvía contra la libertad. Creo que son páginas necesarias para construir la historia de la guerra civil, las que, en estas Memorias, cuentan el Madrid sitiado y, sobre todo, el papel importante que aquel jovencísimo soldado, desempeña en los momentos finales de la contienda, cuando, al servicio de la República, por la convicción socrática de que, a pesar de sus equivocaciones, era la legalidad, sirve a la Junta de Defensa en la cual, como consecuencia del estado de guerra al fin declarado, reside la última legitimidad. Marías se vincula a ella por la amistad que le une con Julián Besteiro. Ahora sabemos que la mayor parte de los escritos y manifiestos que emanaron de aquella Junta se debían a su pluma. Emociona verlo llegar al Ministerio de Hacienda, ya en poder de las tropas nacionales, a dar el que sería su último abrazo al noble, al admirable Besteiro de aquellas horas dramáticas, sin temor a las consecuencias graves que podrían derivársele de aquel gesto.

Después, la prisión, la liberación -que no es lo mismo que la libertad-, la construcción de la vida familiar a partir de la pobreza, sólo menor que el entusiasmo, que el deseo de proseguir, mediante su ejemplo y su enseñanza, la historia intelectual del pasado que acababa de arruinar el gran desastre. El último Ortega, el de Lisboa, el de la conferencia del Ateneo, el del Instituto de Humanidades, ya asociado Marías con su maestro pasa imborrablemente por estas páginas. De las cuales emerge algo más importante que un hombre sabio: Julián es un hombre de absoluta limpieza moral que, como alguna vez le he oído, no tendría que borrar ni un solo párrafo de los que ha firmado en toda su vida, aunque se le diera esa oportunidad. Siento ira cuando, a veces, algunos oportunistas de nuestra hora, que tal vez eran los maestros del coro de la posguerra, se permiten juzgar torcidamente actitudes que Marías adopta ante la vida nacional, ejercitando como siempre su libérrimo y nunca venal pensamiento. Y recuerdo a aquel suspenso en el doctorado que le impedía el acceso a la docencia oficial, cuyo nombre pronunciábamos con asombro y temor los estudiantes que, entonces, no cantábamos.
En esas horas de lectura entusiasta que he consagrado a las Memorias, cuando al abrir el libro se me ha abierto su vida, he aprendido de Marías mucho más que en años enteros de frecuentación. Ahora que ya sé de él, que conozco los avatares de su vida, que no ignoro por qué ha ejercido siempre atracción sobre mí su figura, que me consta lo casi todo que compartimos, es cuando puedo asegurar con plenitud que soy su amigo. La amistad que me inspira ya tiene fundamento. No elogio, pues, sólo la calidad literaria e histórica de un montón de páginas, sino los latidos de un corazón honrado, insobornable, constante, leal, y, por tantos conceptos, ejemplar. Uno de los pocos corazones sabios y sin resentimientos que nos van quedando.



Último capítulo

Las memorias de Julian Marías que hemos leído llegan hasta el año 1989 pero Marías vivió hasta el año 2005. A continuación os adjunto 
unas necrológicas que se escribieron a su fallecimiento y que es una parte importante de sus memorias que, evidentemente, el no pudo escribir ni agradecer a los que las escribieron.


Que Julián Marías quede

En el prólogo del que ha sido su último libro, La fuerza de la razón, don Julián Marías decía que seguramente ya no escribiría más, y con palabras que sólo pueden leerse con emoción agradecía la compañía de sus lectores y afrontaba con ilusión y fe su paso a la otra vida.

Julián Marías siempre tuvo dos vocaciones: la escritura y la docencia. Formado en la inigualable Facultad de Filosofía del Madrid de los años treinta, hubiera sido uno de sus eminentes profesores si la Guerra Civil no se hubiera cruzado en su camino a los 22 años. Pero nunca se quejó: con la misma claridad con la que vio, a esa edad, que lo que había que combatir era la propia guerra y no al bando contrario, supo que las puertas de aquella Facultad estaban cerradas para él y volcó su labor en la escritura. Asombra repasar el listado de libros escritos por don Julián, algunos de no pequeño grosor (hasta sobrepasar con creces la setentena de títulos).

Para saber lo que Marías ha supuesto en la cultura española habría que imaginar que no hubiera existido (o basta con escuchar a tantos que no lo han leído o que lo miran con desprecio: el de quienes, hace sesenta años, lo veían “liberal” y “orteguiano”, peligroso para los sacrosantos valores de entonces; el de quienes, desde hace cincuenta años hasta hoy, lo ven “católico” y “de derechas”). A Ortega no se le habría reconocido la dimensión genial que tiene su pensamiento; la historia y la rara vocación de España no hubiera encontrado una de sus explicaciones más asombrosamente certeras (una curiosidad: la palabra que más se repite en los títulos de sus libros es España o españoles); la Transición hubiera sido distinta (¿se reconocerá algún día la impagable labor de educación y civilización que la generación de Marías, Ridruejo, Lázaro Carreter o Delibes hizo para que cuando Franco muriera los españoles descubrieran que la gravedad del momento no movía la sólida tierra que, gracias a ella, los sustentaba bajo sus pies?).

Pero, por encima de su contribución a entender tantas personas y cosas (y sus artículos en prensa son un modelo de expresión transparente, donde claridad y profundidad van de la mano), Julián Marías ha sido un filósofo. Nadie ha entendido ni explicado tan bien en qué consiste la vida humana, cuál es su extraño misterio, su rara consistencia, su entramado. Y eso es lo que hay que recordar en esta hora, no el mísero raquitismo de su nómina de premios (hasta para darle el Príncipe de Asturias se fue cicatero y se le dio compartido), no que se negara a ser catedrático cuando se “relajó” la dictadura (porque no quería jurar unos “principios fundamentales” que habían jurado, por cierto, tantos “demócratas de toda la vida”), o tantas cosas más. Representante máximo de una generación que en tiempos inciertos supo que sólo siendo fiel a sus maestros sería fiel a sí misma, nunca hizo de su filiación orteguiana una vocación escolástica, antes bien, cuando discrepó de su maestro lo hizo con suma elegancia. Sabía que sólo mirando, con una visión responsable, puede hacerse pensamiento (y vivir).

Don Julián Marías era creyente, un peculiar y profundo católico, ajeno, como todo en él, a estúpidas escolásticas. La casualidad ha querido que fallezca a pocos días del aniversario de la muerte de su esposa, su querida Lolita Franco. Ojalá, como creía (y deseaba) se haya encontrado ya con ella. Para los que carecemos de esa fe, aparte de sus libros, sólo nos queda el consuelo de agradecer a Dios o a quien sea que don Julián haya existido. 

CÉSAR ROMERO

15 de diciembre de 2006


Adiós al filósofo

Don Julián Marías acaba de morir en Madrid a sus noventa y un años. Se me agolpan los recuerdos y no sé bien cómo encauzarlos. 

Hace un par de meses, todavía lo visité en su casa de Vallehermoso y pudimos charlar un buen rato. Su amistad ha sido un gran regalo. He colaborado en su revista Cuenta y Razón y reseñado su último libro de artículos, La fuerza de la razón, 2005, aparecidos en Abc hasta el año 2003.

Recuerdo sus últimas visitas a Zaragoza. Un día ventolero cruzando el Paseo, cuando comentó que Chicago era “the windy city”. Al pasar frente a la portada de Santa Engracia, le recordé el humor de Felipe II: “Han puesto el retablo en la puerta”, dijo el rey. Quizá por eso ha sobrevivido.

En otra ocasión, llenó la sala de conferencias hasta los topes y la gente le aplaudió por su sola presencia, antes de abrir la boca. Siempre me asombraba que no consultase ni un papel, ni una nota. Su memoria era prodigiosa. Le divertía que en Buenos Aires, al pasear con Borges, todo el mundo le conociese a él por la calle, cuando el genio argentino todavía era un escritor de minorías. Sus libros y su prosa han seducido por igual a lectores cultos y a gente sencilla. Rara virtud en un escritor.

Contaba con hacer algunas preguntas a uno de los filósofos griegos. Ésa era la última apuesta y la gran aventura llena de dudas.

Casi ha logrado llegar a la edad de Menéndez Pidal, que anhelaba conversar con los juglares de Medinaceli cuando recitaban el Mio Cid.

Hace un tiempo, compartió una cena en Madrid con Julián Gállego, y tuvo la humorada de preguntarle por mí.

También contaba con la persuasión de su mujer Lolita a la hora de abrir puertas. Quizá tenga la fortuna de que ahora le abra la última de todas.

CÉSAR PÉREZ GRACIA

Heraldo de Aragón, 16 de diciembre de 2005 


El hombre que nunca mintió

Además de la vivacidad y la amenidad de su estilo, puro cristal de Murano, un estilo muy sencillo, muy «inteligible» y muy directo (el mismo con el que Frank Capra filmó La amargura del general Yen), Julián Marías nos transmitía una afectuosidad que yo diría que era como de otro tiempo. Estilo de hombre sabio, que es ese estilo que atesora como continuas señales del niño que se ha sido y del niño que se sigue siendo. Es muy difícil explicarlo. Su estilo, en fin, nos acercaba a él de una manera imparable. Uno de los éxitos de Julián Marías, me parece, es que al leerlo siempre tienes la impresión de tener veinte años, de estar empezando.

He sentido por Julián Marías, desde que estudiaba Preuniversitario en el Instituto Cervantes de Madrid, calle de Montesquinza («Preu» de Letras, naturalmente, Hernández Vista nos daba Latín y Lasso de la Vega, Griego); le tenía a don Julián, decía, desde entonces, profunda admiración y «simpatía». Escribo «simpatía» entre comillas, porque no encuentro una palabra más ajustada. Siempre me ha seducido su jovialidad, su «proximidad». También «proximidad» lo escribo con comillas. Cuando le conocí, hace catorce o quince años, pude comprobar que esa «cercanía» que se desprende de sus textos, esa «cordialidad», también formaba parte de su persona. Recuerdo que, muy al principio de los sesenta, tuve la suerte de conseguir, en la librería Cervantes de Oviedo, una primera edición, la de 1941, de su maravillosa Historia de la Filosofía, con prólogo de Zubiri, un libro que me ha acompañado durante toda la vida y del que he sacado enormes recompensas. Un verdadero libro «llave». Los libros «llave» son esos que te abren casi todas las puertas y verjas y te permiten pasar a los fantásticos mundos con que sueñas de chico. Y también un libro de magia, como el Quijote, que me descubrió, sobre todo, que lo interior es mayor que lo exterior y que lo íntimo es inabarcable de lo grande que puede llegar a ser.

Fe en la libertad. En realidad, la Historia de la Filosofía de Julián Marías, es, para mí, un texto dedicado a la juventud, una nueva Isla del Tesoro. Los libros de Julián Marías, los que a mí más me gustan, encabezados por sus memorias en tres tomos, Una vida presente, me han transmitido su fe irreductible en las personas, en la libertad humana. Y eso, viniendo de alguien que ha tenido una vida difícil y complicada -delaciones (falsas) de amigos, cárcel, amenazas de fusilamiento, prohibido años y años por el régimen franquista, para el que siempre fue sospechoso, en fin, represaliado por las dos Españas-, tiene todavía más mérito. Supongo que haber hablado por los codos con Ortega y Gasset o haber vivido aprendizajes y esperanzas con García Morente, tuvo que influir lo suyo. Así como «vivir» aquella Universidad Central de Madrid de los años 30, muy superior entonces a las de Oxford y Harvard, aunque hoy nos parezca increíble. Ser español, La educación sentimental, Mapa del mundo personal, España inteligible o Consideración de Cataluña, que son mis libros preferidos, además de la habitual temperatura ética ejemplar en su autor, nos propagan amor a manos llenas, seny, civilización y apuesta por la verdad sin dogmatismos. Pero hablemos de cine. Curiosamente, Ortega y Gasset, del que yo no he leído nunca nada relacionado con el invento de los hermanos Lumiére (aunque cuando nos habla de Las Meninas está hablando de luz, claro); pues Ortega, decía, en el inicio de su epílogo a una reedición de Historia de la Filosofía, escribía ésto: «Y ahora, ¿qué más? Julián Marías ha acabado de hacer pasar ante nosotros la película que es la Historia de la Filosofía». Ortega ya conocía la fascinación de su amigo y discípulo por el cine.

Desconozco los libros o revistas cinematográficas que haya podido leer Julián Marías a lo largo de su aventura como crítico cinematográfico, si es que se ha documentado. Desde luego, Marías pudo leerlo todo y en sus respectivas lenguas: Andrew Sarris o Film Culture, en inglés; André Bazin, Sadoul o Cahiers du Cinémà, en francés; Lotte Eisner o Kracauer, en alemán… 

Azorín. Pero, ¿y en nuestro idioma? ¿Alfonso Reyes?, ¿Villegas López?, ¿Azorín?, que, por cierto, descubrió lo bien que caminaba Gary Cooper. Azorín, un genio de nuestras letras y un crítico muy sui generis, fue una persona querida y admirada por Julián Marías. A mí, don Julián, a lo largo de algunas conversaciones, me llevó a compartir su entusiasmo por el Dreyer alicantino de nuestra literatura. Hace tiempo, Marías le dedicó un texto monográfico, Ciencia romántica, donde homenajeaba al joven y bohemio Martínez Ruiz que se alimentó durante veinte días a base de dos panecillos de diez céntimos, y todo por poder seguir escribiendo, por no abandonar su vocación de escritor, luchando contra el hambre sólo por escribir. Sé que a Julián Marías le hubiera gustado mucho ver en imágenes Doña Inés. A mí, también. Si consiguiera filmarla algún día, naturalmente que estaría dedicada a don Julián.

Alguien que se ha adentrado, explorado y clarificado a Zubiri o a Unamuno, de los que ha escrito páginas memorables, ¿cómo no iba a explicar mejor que nadie lo que es el cine de autor? Las críticas de Marías en Gaceta Ilustrada, de hace medio siglo, o las de Blanco y negro, más recientes, pero también lejanas, están repletas, y trato de elegir muy bien cada palabra, de inspiración, de valentía, de alegría, de perspectiva, de mesura, de conocimiento; y vacías de pedantería y fanatismo. Están redactadas con soltura, con una curiosidad que adivinas inacabable, son libres, nada envaradas. Julián Marías jamás ha pertenecido a ningún ghetto excluyente ni al cinturón de las capillitas ni al club de los cinéfilos del codazo moderno. En aquellos años, en que los textos de los críticos febriles y, supuestamente, entendidos, salían oscuros y arrugados, a Julián Marías los párrafos le brotaban de su máquina de escribir lisos y luminosos.

Nobleza. ¡Qué placer era para mí leer sus columnas!, aunque me tildaran de antiguo, porque lo moderno era poner los ojos en blanco ante las aburridas disquisiciones o los «comprometidos» ensayos ininteligibles que abundaban en las revistas especializadas de media Europa. Julián Marías reflexionaba sobre un lenguaje creado a base de imágenes, muy parecido a la vida, con nobleza. El cine, analizado por Marías, cualquier película, tenía nobleza. La cinematografía era tan noble y tan digna como la literatura, la música, la pintura o la propia historia. Y, además, muchas de su críticas elevaban el producto. También lograba que los que amábamos el cine nos sintiéramos orgullosos y, más aún, seguros. La capacidad de espectador de Julián Marías era, además de panorámica, en Cinemascope. Ha sido uno de los pocos críticos que yo he conocido que podían perderse de verdad dentro de una película, de tanto como se metía. Marías veía todo, o casi todo, de lo que hay en una película y de lo que la película propone. Era un Sherlock Holmes al que no se le escapaba nada, por más que lo hubiera querido ocultar el director. Quizá porque Julián Marías, cuando iba al cine, veía lo que tenía delante de los ojos, que siempre es lo más difícil de ver. Nada se le quedaba fuera de cuadro a aquellos ojos azules, con destellos plateados, tan azules como los de la mamá de Dumbo.

Es evidente que muchos recuperamos la infancia cuando vamos al cine, y que, a estas alturas del metraje, ya somos las películas que hemos visto y con quien las hemos visto. Para ser justos, la mayor parte de las críticas de Julián Marías -y no tengo la sensación de arriesgar nada-, le pertenecen tanto a él como a su mujer, Dolores Franco. No pretendo expresar que don Julián no tecleara sus propias impresiones e ideas semana a semana, pero sí que esas opiniones eran acompañadas por las de su mujer, y al revés. Quiero decir que las reseñas de Marías eran como el resultado de una historia de amor. De ahí su belleza, su bondad, su claridad, su sinceridad, su pasión, su modernidad, su poesía ligera y su temblor (¿inquietud?) de humanista cristiano. El matrimonio de Julián Marías -y así se desprende en sus Memorias-, fue también el de una pareja de aficionados la cine. Sé que él y Lolita quedaban quince minutos antes de comenzar la sesión en alguna cafetería cercana a la sala, donde tomaban café o un refresco, y, así, al placer de ir a ver una película sumaban la felicidad de una cita con la persona amada. Primum vivere

Una mirada común. Solían ir al cine un par de veces por semana. Yo los vi en alguna ocasión, en el cine Conde Duque, me parece. Don Julián vestido con traje oscuro, camisa blanca y corbata; ella, con esa elegancia de las mujeres de Penagos, tan cosmopolitas y tan decididas, mujeres que parecen como dibujadas a tinta china, pongamos que entre Margaret Sullavan y Kate Hepburn. Les recuerdo hablando en el hall, al tiempo que se fijaban en todo, como si fueran turistas o, mejor aún, exiliados. La cuestión es que si, allá por los primeros cuarenta, don Julián dialogó sin parar, durante meses y meses, con su entonces novia, mientras preparaba Historia de la Filosofía, solicitando su opinión continuamente -libro que ella transcribió y puso en limpio-, ¿cómo no iba a charlar horas y horas con su mujer de las películas que veían juntos, que vivían juntos? Sobre la fotografía, sobre la música, sobre tal escena, sobre tal diálogo. Me ha contado Miguel Marías, que es uno de los mejores críticos cinematográficos que tenemos en España, por no decir el mejor, al que quiero casi tanto como admiro; según su hijo Miguel, digo, en cuanto su padre sacaba el último folio de la máquina, salía disparado hacia donde se encontrara su madre para pedirle opinión. Y aunque Lolita estuviera atareada con labores caseras, lavándose la cabeza o hablando por teléfono, allí se quedaba don Julián, sin moverse, hasta que ella leía el artículo o el capítulo de un nuevo libro en marcha. Por eso, quiero darle hoy a Dolores Franco -cuando ya está otra vez al lado de su marido, porque si no fuera así, «la felicidad sería un engaño»-, la autoría compartida de muchas estupendas reflexiones sobre el cine, por tantos ensayos magníficos que don Julián nos regaló acerca de esa vida de repuesto que llamamos películas. Por compartir cientos de emociones a 24 fotogramas por segundo y participar ambos del gozo de las palabras asequibles, de las frases sin aspavientos. Porque los dos tenían una mirada común que abarcaba la totalidad.

Estos días he vuelto a releer casi todas las reseñas, notas, juicios, pensamientos o como quiera que se llame el trabajo cinematográfico de Julián Marías. Me han parecido ensayos de convivencia. No lo supe ver así hace años. Pero lo que veo ahora es eso, tolerancia, convivencia. Con qué sencillez nos ha mostrado el talento de Josef Von Sternberg o de Murnau, con qué naturalidad nos ha descrito la emoción según Leo McCarey. Ya en 1965, escribiendo de Las campanas de Santa María, una película que yo adoro, dedujo que McCarey no era sólo un genial cineasta, sino que, pasado el tiempo, iba a ser un autor de cabecera para los cinéfilos que entonces eran jóvenes, nosotros, cuando maduráramos. Y es una pena que se haya muerto sin descubrirnos por qué lloramos todos en la secuencia final de Tú y yo. Adivinamos que es un retorno, una revisitación, sí, pero, ¿adónde exactamente? Marías dice que McCarey filmaba y pensaba en planos significativos. Curioso, ¿eh? Una vez le pregunté: «¿Por qué muchas películas que en el pasado fueron consideradas excepcionales se arrugan hoy ante nuestros ojos?» «Eso únicamente ocurre con las que en su tiempo ya eran inauténticas -me respondió-. Las películas verdaderas envejecen sin mengua».

Días de sufrimiento. En el último tomo de Una vida presente, cuando Julián Marías narra los terribles momentos de la pérdida, primero, y la ausencia, después, de su mujer -«Yo ya no soy yo ni mi casa es mi casa»-, escribe las mejores páginas de toda su obra, porque en ellas nos enseña que el corazón es lo importante, y nos revela que el filósofo, que la filosofía, no es sino sensibilidad envuelta en pensamiento. De aquellos días de sufrimiento, de aquellos meses, de aquel tiempo de dolor, yo creo que podría salir una película tan extraordinaria como Tierras de penumbra.

Aunque pueda parecer un atrevimiento -pido disculpas por ello-, me inclino a pensar que a partir del tercer volumen de Una vida presente, también desde La educación sentimental, y sin abandonar la filosofía, Marías se internó en McCarey, en los territorios de la emoción pura, tan cercanos a la fe, a la verdad.

Desde que estudiaba sexto de bachillerato he sido partidario de Julián Marías, una de las escasas personas cultas de culto que hemos tenido por estos alrededores. Si se me permite, y me voy a mi jerga, yo le veía como un Bogart de la Filosofía, el Di Stéfano del pensamiento, un Sinatra de la razón.

Se nos ha ido, a todos, un amigo con los noventa cumplidos. Muy joven todavía. Un sabio. Un trabajador infatigable. Un grande de España. Un hombre que poseía todo lo bueno que acaba en encia: coherencia, paciencia, decencia, conciencia, resistencia, prudencia, coexistencia… Un ser humano irrepetible e insustituible. Una persona que ayudó a la democracia en tiempos de luto, allá por los cincuenta, y que luego volvió a echar una mano a su querido país durante la Transición. Siempre que alguien ponía en entredicho la verdad y la libertad, ahí estaba él, ahí estaban su voz y sus renglones. Los privilegiados que fueron sus amigos, quienes le acompañaron en sus numerosos viajes, sus admiradores, sus lectores, además de haber sido recompensados por lo que aprendimos a su lado, nos hemos beneficiado de algo que podríamos definir como un mejor entendimiento de la vida, de la vida doméstica, de la vida cotidiana. Todo esto forma parte tanto de su quehacer filosófico como de sus impresiones sobre la cultura. Fue de los primeros en intuir que el cine es el arte más propio de su tiempo y el más idóneo para expresar la realidad de la vida. Gracias a la inteligencia de su mirada, yo pude reconocer, casi de adolescente, que aquellos instantes como de mercurio que habitaban algunas imágenes, me hacían crecer, iban ampliándome y, a la vez, ensanchando mi entendimiento, mi pasión, mis dudas.

Como una roca. Entre sus miles de páginas queda el autorretrato, muy Rembrandt, de alguien auténtico, siempre puesto a prueba por los tiempos -tiempos cambiantes, tiempos favorables (pocos), tiempos en contra-, siempre por encima de las modas; la imagen, muy Hawks, de alguien que nunca mintió, que no es sino la cortesía del verdadero intelectual; alguien, en fin, que ha permanecido firme como una roca ante las calumnias, defendiendo sus convicciones sin herir a nadie. (Entre paréntesis: lo de no mentir, en un crítico de cine, es un milagro).

Escribía a máquina, llevaba la cuenta de sus vuelos a Estados Unidos (yo también), ni tenía coche ni sabía guiar (yo tampoco), no le dio más lo del teléfono móvil (como a mí), le encantaban Maigret y sus deducciones bajo los cielos plomizos de París, leía por la noche antes de acostarse, en una butaca, sin quitarse el traje, que es una costumbre de otro tiempo, le gustaba visitar sin prisas los museos, no recibió muchísimos premios, nunca dio clases en las Universidades españolas, no conoció el rencor, era más que valiente (como Atticus Finch), olía a significado y a loción de afeitar, y a mí me enseñó a ser yo, a expresarme libremente, a no tener miedo de ser demasiado superficial, demasiado sentimental o demasiado pelmazo.

Se ha ido de puntillas, con la discreción de John Ford. 

JOSÉ LUIS GARCI

Abc de las artes y las letras, 24 de diciembre de 2005
26 de agosto de 2017

Estudio en Escarlata – Breve apunte



Este relato fue publicado por primera vez en el Beeton’s Christmas Annual de 1887. Pero no aparecería como novela independiente publicada hasta 1888. Su publicación significó la aparición de un escritor que revolucionaría el género del relato policiaco. Doyle la escribió con 27 años, mientras trabajaba de médico en Southsea, Portsmouth. Cobró 25 libras por los derechos íntegros de la novela, y la primera versión contenía ilustraciones de su padre, Charles Doyle. 

El título de la novela proviene de una de las conversaciones de Holmes con Watson, en la que Holmes dice lo siguiente:

“Por cierto, gracias. A no ser por su insistencia, me habría perdido el caso más bonito de todos cuantos se me han presentado. Podríamos llamarlo estudio en escarlata… ¿Por qué no emplear por una vez una jerga pintoresca? Existe una roja hebra criminal en la madeja incolora de la vida, y nuestra misión consiste en desenredarla, aislarla, y poner al descubierto sus más insignificantes sinuosidades.”

La novela se considera una de las obras indispensables de Conan Doyle, no sólo porque el autor hace la presentación de sus dos personajes principales, Sherlock Holmes y el doctor Watson, sino porque en ella es la primera vez que narra  teoría sobre la deducción tan útil para el detective. Pocas veces, se ha dado el caso en la historia de la literatura de un personaje de ficción alcanza tal popularidad que llega a ensombrecer la figura de su propio autor. Pero el caso de Sherlock Holmes es uno de los más representativos.

Un estudio en escarlata es la primera novela del detective Sherlock Holmes y de su amigo, el doctor Watson, un cirujano militar que regresa a Londres trás su participación en la guerra de Afganistán, debido a las heridas que ha sufrido en el hombro en el combate. En Londres, buscando un lugar donde vivir, se encuentra con Stamford, un viejo amigo que conoce a Sherlock Holmes y que sabe que este está buscando a alguien para compartir un alquiler en el 221B de Baker Street. Stamford presenta a ambos en el laboratorio del hospital, donde Holmes se encuentra haciendo experimentos con venenos. Ambos hacen una lista de defectos para ver si son compatibles, y acuerdan repartirse los cuartos del famoso 221 de Baker Street. Watson y Holmes se mudan juntos, donde Watson tendrá que aguantar las excentricidades de Holmes.

En esta historia, Conan Doyle cuenta como se conocieron Holmes y Watson y como llegaron a compartir su famosa vivienda. Es ahí donde reciben la noticia de que se ha cometido un crimen y solicitan la ayuda de Holmes, ante el asombro de Watson que no tenía idea de cual era el trabajo de su compañero.

La historia está situada en el Londres del siglo XIX, donde se nos muestra un Londres carente de encantos, lúgubre, lluvioso y oscuro.

La trama, aunque en un principio no se puede adivinar, se relaciona con la secta mormona en el estado de Utah. Un cadáver es hallado en extrañas circunstancias en una casa deshabitada y, a esto viene a añadirse, un nuevo asesinato que complicará aún más la historia. Para resolver este misterio, habría que retroceder en el tiempo hasta otros sucesos que ocurrieron hace más de 30 años en la ciudad mormona de Salt Lake City. Por supuesto, que sólo Sherlock Holmes, será capaz de desentrañar el misterio gracias su infalible método deductivo y a su capacidad de observación.

En esta novela a Holmes le buscan para resolver un extraño asesinato en una casa deshabitada. Aparecerá un cadáver sin heridas y una misteriosa palabra escrita con sangre en la pared (Rache, venganza en alemán). Además, estarán presentes los dos oficiales, Lestrade y Gregson, de Scotland Yard, conocidos de Holmes y que intentarán seguir pistas falsas. Lestrade y Gregson no son del gusto de Holmes, por lo que en varias ocasiones se burla de ellos de forma sarcástica y le dice a Watson que dos hombres a los cuales les gusta llevarse el mérito de las cosas que no hacen.

Watson realizará el papel de narrador testigo prácticamente en todas las obras de Sherlock Holmes. Él realiza la función de biógrafo de Sherlock Holmes, dádole a la obra una importante impresión de realidad. Tanto es así, que durante años Conan Doyle recibía en su casa cartas dirigidas a Sherlock Holmes con solicitudes de ayuda para desentrañar casos misteriosos.

En un principio, Watson estaba despistado con respecto a las labores que ejercía su compañero de casa. Le veía como un hombre serio y un poco excéntrico pero inteligente, leal y algo sarcástico. Asimismo lo veía como a un hombre muy dedicado a sus estudios de química, a la historia criminal y al ejercicio de la deducción. También Watson veía que lo visitaba mucha gente de distintas procedencias tanto sociales como geográficas y esto le tenía absolutamente desconcertado, hasta que finalmente descubre cual es su dedicación.

El lenguaje utilizado en la obra es formal, debido a la época aunque no se puede decir que sea complicado.

Watson al ser el biógrafo de Holmes, es al mismo tiempo un personaje fundamental pero por otra parte, tampoco se profundiza mucho en su personalidad. Sí se puede notar que es un hombre tranquilo que aguanta, con paciencia y casi se podría decir con gusto, las excentricidades de Holmes. Podríamos decir que asiste fascinado a sus capacidades de inteligencia y deducción.

El libro está dividido en dos partes. En la primera de ellas, titulada “Reimpresión de las memorias de John H. Watson, doctor en medicina y oficial retirado del Cuerpo de Médicos del Ejército Británico”.  Esta primera parte, presenta a los personajes y el suceso ocurrido en una casa deshabitada donde se descubre un asesinato y las deducciones e investigaciones de los detectives de Scotland Yard. La historia contiene en ella otra historia, la segunda parte, de tiempos pasados y que se encuentra introducida en el centro de la historia principal para servir al lector de explicación del origen de los sucesos ocurridos en Londres en aquel momento. En la segunda parte conocemos la historia del asesino y su razones para llevar a cabo el crimen, esto nos lleva a adentrarnos en la América profunda y la vida de los mormones. En ese momento, la historia da un salto en el tiempo y en el espacio hacia Utah en 1847, donde se cuenta un relato sobre un hombre adulto y una niña que son los únicos supervivientes de un grupo de pioneros, rescatados por un grupo de mormones bajo la condición de convertirse a su religión. Aunque en un principio, no entendemos este salto en el tiempo y el espacio y nos desconcierta, incluso revisamos el libro para ver si realmente sólo incluye una historia o dos. Finalmente, nos daremos cuenta de que es una relato que tiene mucho que ver con los hechos de la primera parte.

Así como en la primera parte el narrador es Watson, narrador testigo, como en casi todas las historias de Sherlock Holmes, en la segunda parte el narrador es omnisciente.

Con esto el autor nos incita a pensar, que no hay que quedarse en la epidermis de las situaciones y que profundizando en ellas siempre hay una explicación, en la mayoría de los casos sorprendente.

La imagen que se da en la novela sobre mormones es la de una espantosa y sometedora secta que, incluso, llega a cometer crímenes y secuestros contra las personas que desean abandonarla. Parece ser, que Conan Doyle, dijo: Todo lo que dije sobre los mormones y los asesinatos es histórico salvo que como es una obra de ficción se cuenta de una manera más exagerada que como se haría en una obra histórica. Es mejor pasar de este asunto». Por el contrario, su hija confesó públicamente ante su padre que la novela estaba llena de errores históricamente demostrables sobre los mormones. Años después de la muerte de Doyle, Levi Edgar Young, una autoridad mormona, dijo que Conan Doyle les había pedido disculpas en privado, y que sus errores se debían a las informaciones que llegaban a Londres, en esta época, sobre la secta. 

Conan Doyle nos presenta a Holmes, en muchas ocasiones, como un personaje deshumanizado. Quizá, esto sea porque se le presenta como una máquina de pensar, una computadora de datos. Sin embargo tiene varios rasgos de humanización y uno de ellos, que aparecerá en todas sus historias, es su afición por la música.  En la descripción que hace Watson de él dice que sus conocimientos sobre cuestiones artísticas y humanidades son casi nulos, sin embargo, la música está presente en él como parte a su personalidad. Watson dice que Holmes es un discreto instrumentista, pero es una de las condiciones que Holmes le pone a Watson para poder convivir con él.  
“—¿Entra para usted el violín en la categoría de lo estrepitoso? —me preguntó muy alarmado. 

—Según quien lo toque —repuse—. Un violín bien tratado es un regalo de los dioses.”

Watson, también nos quiere hacer notar que el ensimismamiento en la ejecución del violín, partía de una necesidad de abstraerse del mundo. De concentrarse de manera profunda con la música como vía para desentrañar misterios dentro de su mente.en los intrincados laberintos de su mente. Asimismo, nos cuenta como Holmes era capaz de tocar piezas difíciles.

 “Que podía ejecutar piezas musicales, y de las difíciles, lo sabía de sobra, ya que a petición mía había reproducido las notas de algunos lieder de Mendelssohn y otras composiciones de mi elección. Cuando se dejaba llevar a su gusto, rara vez arrancaba sin embargo a su instrumento música o aires reconocibles. Recostado en su butaca durante toda una tarde, cerraba los ojos y con ademán descuidado arañaba las cuerdas del violín, colocado de través sobre una de sus rodillas. Unas veces eran las notas vibrantes y melancólicas, otras, de aire fantástico y alegre. Sin duda tales acordes reflejaban al exterior los ocultos pensamientos del músico, bien dándoles su definitiva forma, bien acompañándolos no más que como una caprichosa melodía del espíritu. Sabe Dios que no hubiera sufrido pasivamente esos exasperantes solos a no tener Holmes la costumbre de rematarlos con una rápida sucesión de mis piezas favoritas, ejecutadas en descargo de lo que antes de ellas había debido oír.” 

En esta obra encontramos otra curiosidad y es que el Doctor Watson le dice a Sherlock que se parece a Dupin, el protagonista de algunos relatos de Edgar Allan Poe. Sherlock, lejos de sentirse halagado, le contesta un poco ofendido y poniendo a Dupin en otro nivel.

Finalmente, no quiero dejar de señalar, que 125 años después de la primera aparición de Sherlock Holmes sigue fascinando a muchos lectores por su carisma y por su sorprendente capacidad de deducción y observación.





















25 de agosto de 2017

¿Quién fue Arthur Conan Doyle?

Autor y doctor en medicina escocés, Arthur Conan Doyle es conocido principalmente por su serie de novelas y folletines protagonizados por el detective Sherlock Holmes, cuya aparición supuso una verdadera revolución del género criminal.
Además de las novelas protagonizadas por Holmes, sus obras dedicadas al Profesor Challenger, así como sus incursiones en géneros incipientes como la ciencia-ficción o el género histórico, tuvieron una gran difusión y relevancia, convirtiéndose en verdaderos clásicos de la literatura popular.
Conan Doyle estudió medicina en Edimburgo mientras escribía sus primeros relatos, actividad que alternó con su trabajo posterior como médico en Aston y Portsmouth. Es en esta última ciudad donde escribe el que sería su primer relato de éxito Estudio en Escarlata (1887) y que supuso la primera aparición de Holmes, a la que seguirían ocho más de un gran éxito en Inglaterra.
Además de la literatura y la medicina, Conan Doyle fue un activista en favor de la justicia y de ciertas causas internacionales como la independencia del Congo. También son conocidas sus intervenciones como abogado y su defensa del Espiritismo y de la existencia de hadas, temas que se pueden adivinar en sus libros de Challenger y en algunas de las aventuras de Holmes.
Su pasión por estos temas le dejó en evidencia tras tratar de autentificar unas fotografías de hadas. Se rumorea que trató de vengarse de la comunidad científica de la época creando el falso eslabón perdido de El hombre de Piltdown.
Son muchas y variadas las obras de Doyle llevadas al teatro, el cine y la televisión, siendo las basadas en Holmes las más numerosas, aunque obras de Challenger como El mundo perdido han sido también adaptadas varias veces a lo largo de los años. El propio Doyle ha sido utilizado como personaje en varias películas, bien de una manera histórica o como personaje de ficción, como en la curiosa serie Houdini & Doyle, donde hace pareja con el conocido escapista.

Arthur Conan Doyle murió en 1930 debido a un ataque al corazón a los 71 años de edad.
20 de julio de 2017

Capítulos del 28 al 32

Capítulo vigésimo octavo

Comienza la cuarta parte del Quijote. Estas cuatro partes son de extensión desigual y su estructura en partes no obedece a ninguna razón particular, ni por hilo argumental, ni por aventura o viaje.

Aquí, Dorotea cuenta ella misma los hechos en los que se ve involucrada. Esta es la tercera historia de amor que aparece introducida en la obra. 

Cuando Cardenio oye contar la historia a Dorotea se siente perturbado y el cura y el barbero se dan cuenta de esto, aunque piensan que el motivo de su perturbación no tiene nada que ver con el motivo real. 

Los hechos que cuenta Dorotea constituyen el relato complementario al que había narrado anteriormente Cardenio.

Dorotea aparece vestida de labrador lavándose los pies en un arroyo y sollozando por su triste destino.

El cura y el barbero le ruegan que les cuente lo que le pasa y de esta forma ella comienza su relato en primera persona.

Al comienzo de la historia, a través de la voz de Dorotea, Cervantes muestra algunas de las características de la sociedad de la época.

“Deste señor son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos, que si los bienes de su naturaleza igualaran a los de su fortuna, ni ellos tuvieran más que desea ni yo temiera verme en la desdicha en que me vio; porque quizá nace mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos que puedan afrentarse de su estado, no tan altos que a mí me quiten la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante y como suele decirse, cristianos viejos ranciosos, pero tan ricos, que su riqueza y magnifico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de hidalgos y aun de caballeros.” 

Dorotea habla de sus padres y de algunos elementos que en aquel momento resultaban fundamentales: el dinero, el linaje, la raza y la cuestión religiosa. Se tiene que tener en cuenta  que la limpieza de sangre, por la que se distinguían las familias de cristianos viejos sin mezcla de sangre y las familias de cristianos nuevos o conversos, que eran descendientes de judíos o de musulmanes convertidos a la fe cristiana, era, en muchas ocasiones, decisiva.

La reacción que tiene Dorotea ante la adversidad amorosa es completamente distinta a la de Cardenio o a la de Luscinda. 

Cardenio entra en desesperación y se muestra indeciso ante la adversidad. Además, deja pasar siempre las oportunidades que se le presentan. Luscinda se muestra pasiva ante la contrariedad. Pero, Dorotea va en busca del sinvergüenza de Felipe y al enterarse de la nulidad del matrimonio de este se retira a la sierra pero no con desesperanza, sino todo lo contrario. Dorotea huye para preparar su enfrentamiento con Fernando y se esconde presa de la vergüenza por la situación frente a sus padres.

Hay que reseñar el erotismo velado que encierra la escena de la aparición de Dorotea lavándose los pies. Además, la escena tiene también elementos de suspense y misterio. En un principio, sólo se oye su lamentosa voz. Después, aparece con su disfraz de labrador y finalmente, aparece la hermosura de sus pies con su fina y blanquísima piel, elemento por el que sus observadores se dan cuenta de que se trata de una mujer y no de un labrador. 

“Traía ansimesmo unos calzones y polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que sin duda alguna, de blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y al querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver una hermosura incomparable, tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja: 
–Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina. 
El mozo se quitó la montera y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habían visto…”

Rodríguez Marín, escritor y experto en Cervantes, nacido en Osuna en 1855, afirma que Cardenio y su episodio estaban basados en un episodio real. Dorotea alude a Osuna, de donde toma el nombre la casa ducal de Osuna. Cardenio, en la obra de Cervantes, eran natural de Córdova y Osuna está a poca distancia de esta.

“–En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace uno de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado y, al parecer, de sus buenas costumbres, y el menor, no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galón. Deste señor son vasallos mis padres…”

Dorotea en su discurso utiliza juegos de palabras como:

“Y como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo…”

“Apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había dejado. Y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.”




Capítulo vigésimo noveno

El final del capítulo anterior se encadena con el principio de este, interrumpido exclusivamente por el título del capítulo. Esto favorece el dinamismo de la obra y su fluidez.

La narración de Dorotea viene a completar la de Cardenio, Luscinda y Fernándo y Dorotea. Esta novela amorosa se cuenta en siete fragmentos distintos intercalados en la narración del Quijote.

Con la historia de Dorotea comienza una nueva fase, ya no es don Quijote el que decide sus aventuras sino que las aventuras están pensadas por los otros. Como decía Unamuno aquí comienza la parte triste del Quijote. 

Además, Dorotea realiza una actuación perfecta debido a su profundo  conocimiento de los libros de caballerías. Ella había confesado al cura y a Cardenio que, algunas veces, le gustaba leer pero algún libro devoto. Ahora, revela que realmente le gustan y ha leído muchos libros de caballerías.

“A lo cual dijo Dorotea que ella había la doncella menesterosa mejor que el barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester parra llevar adelante su intento porque ella había leído muchos libros de caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando pedían sus dones a los andantes caballeros”

La historia amorosa de Dorotea, Fernando, Cardenio y Luscinda entra en este momento en relación con la historia principal de la obra, se conecta con las aventuras de don Quijote. Dorotea al hacerse pasar por una dama en apuros que pide ayuda a don Quijote pasa a ser parte de la trama principal.

En relación con el nombre que adquiere Dorotea, princesa Micomicona, podría tener un doble sentido. Primero, al pensar un nombre para Dorotea Cervantes pensó en un nombre digno de una novela de caballerías y buscó un nombre exótico. Además, Cervantes, probablemente, tuvo en cuenta que mico significa engañar y que Dorotea había sido engañada. Debido a esto, el nombre le ajusta perfectamente. 

En realidad, el nombre reitera el engaño y debería significar doblemente engañada. Esto se ajusta a un suceso posterior en la trama.

El segundo sentido del nombre podría tomarse en su sentido de mico como mono y este como símbolo de la sensualidad.

Dorotea alaba a don Quijote por su valía como caballero y el contesta con falsa modestia diciendo que la adulación ofende a sus “castas orejas” y además se siente avergonzado de tener que confesar que fue él el que liberó a los galeotes, cosa que “no osaba decir”.

En todo el fragmento Dorotea adquiere el habla caballeresca y de igual manera se producen las respuestas de don Quijote. Esto aumenta la comicidad de la situación.

A partir de este momento, se desarrollará una ficción dentro de otra, con el fin de intentar sacar a don Quijote de Sierra Morena.

Don Quijote pone tres condiciones para ayudar a la dama, siguiendo el código de los caballeros: Rey, patria y dama. 

“–Yo vos le otorgo y concedo –respondió don Quijote–, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave.”

El elemento religioso lo incluirá en oraciones posteriores.

“que con la ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino.”

“Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.”

En Este capítulo Sancho Panza será engañado. El engaño se produce con cierta facilidad ya que el cura y el barbero le habían tenido anteriormente al corriente de los planes de engaño para don Quijote y ahora se confía. Lo humorístico y poco verosímil es que Sancho crea verdadera una situación tan similar a la que habían preparado anteriormente para atraer a don Quijote fuera de la sierra.

“–Esta hermosa señora –respondió el cura–, Sancho hermano, es, como quien no dice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino de Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual, es que la deshaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto, de Guinea ha venido a buscarle la princesa.”

Asimismo, en este episodio podemos ver el interés que tenía Sancho por vivir una vida tranquila. Para esto, tenía que conseguir una buena situación económica. Aquí vemos la quijotización de Sancho que quiere creer en la historia de Micomicona. Se hace la ilusión de que va a poder traer esclavos negros a España para venderlos y de esta manera hacerse una buena posición económica.

“Con lo que quedó tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su simplicidad, y de ver cuán encajados tenía en la fantasía los mesmos disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que había de venir a ser emperador.”

“–¿Qué se me da a mí que mis vasallos sena negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida?”

En la parte final del episodio, donde vemos la ¨caída de las barbas” del barbero, don Quijote finge creerse lo que le relatan pero se da perfecta cuenta del engaño. Nótese que en ningún momento habla de muelas sino de barbas. Al fingir don Quijote no enterarse de nada deja en evidencia la estupidez del cura, que resulta ser el engañador engañado.

Don Quijote dice:

“–¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran a posta!

Al final del capítulo vuelve a aparecer la historia de los galeotes liberados por don Quijote y este empieza a darse cuenta de que aquella aventura le puede traer dificultades.

“Y es lo bueno que es pública fama por todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que dicen que liberó, casi en este memo sitio, un hombre tan valiente que  a pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin duda alguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas…”

“Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes, que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura refiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote, al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el libertador de aquella buena gente.”



Capítulo Trigésimo 

El capítulo comienza con la disparidad de criterios a cerca de la liberación de los galeotes.

En el capítulo anterior, este suceso se ha calificado de asalto al orden público. Pero, aquí, y desde el punto de vista del código caballeresco, don Quijote hizo lo que este código le pedía. 

“–Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no porque yo no le dije antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que era pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.

–Majadero –dijo a esta sazón don Quijote–, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas, y no en sus bellaquerías.”

Al principio, nos sorprende también su falta de tino al afirmar el valor de su espada cuando no la lleva. Él mismo, más adelante declarará que no puede usar la espada porque Ginés de Pasamonte se la quitó.

“y esto le haré conocer con mi espada, donde más largamente se contiene.”

Con un elemento lingüístico Cervantes enfatiza el juego de perspectivas que comienza con las distintas opiniones sobre la liberación de los galeotes. Este juego se ve reforzado con algunos elementos lingüísticos. Cuando habla del Yelmo de Mambrino que para don Quijote es Yelmo y para Sancho es bacía de barbero, cuando se sustituye por un pronombre Cervantes la sustituye por la y no por él.

“Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión, porque la bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los galeotes.”

Aparecen algunos errores geográficos por parte de Dorotea/Micomicona que habla de España como parte de La Mancha y otorga a Osuna un puerto de mar. Esto incrementa el sentido humorístico de la burlona escena.

“y yo he acertado en encomendarme al señor don Quijote, que él es por quien mi padre dijo, pues las señales del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo en España, pero en toda La Mancha, pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando oí decir tantas hazañas suyas”

Asimismo, como en tantas otras ocasiones Sancho deforma el idioma llamando Pandahilado al gigante Pandafilando. La confusión puede venir de la evolución de la f arcaica a la h. Además, podría haber una relación entre “pando” , encorvado o lento, y “raspahilando”, corriendo, huyendo, en el habla rústica de la época. Además Pandafiando rima con Fernando y podría estar relacionado con “panda”, término emparentado con pandilla y “apandillar” que en germanía significaba hacer fullerías, torcerse o “apandar,” tomar algo para sí.

Debemos resaltar también, que al igual que en el episodio de los batanes, cuando don Quijote se enfada con Sancho le habla de vos y cuando se le pasa el enfado vuelve a hablarle de tú.

“–¿Pensáis –le dijo a cabo de rato–,  villano ruin, que ha de haber lugar siempre para ponerme la mano en la horcajadura y que todo ha de ser errar vos y perdonaros yo?”

“Y ¿no sabéis vos, gañán, faquín, belitre…”

Pero a continuación:

“–Ahora te disculpo –dijo don Quijote–, y perdóname el enojo que te he dado; que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.”

Casi al final del capítulo don Quijote, una vez reconciliado con Sancho, le inunda con una batería de preguntas sobre Dulcinea. Tanto en ese momento, como cuando está enfadado porque ha sentido que Sancho ofenda a Dulcinea,  se pone de manifiesto el amor cortés. 

“que si no fuese por el valor que ella infunde en mi brazo 

Don Quijote también sufre una cierta sanchificación y en este caso es él el que recurre al uso del refrán. 

“–Con todo eso –dijo don quijote–, mira, Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va el cantarillo a la fuente…, y no digo más.”

Encontramos intercalado en el texto del capítulo la narración de la recuperación del Rucio escrito en cursiva. Este texto no aparece en la primera edición, pero sí en la segunda que también fue publicada en 1605.



Capítulo trigésimo primero

Aquí, toma relevancia la figura de Dulcinea del Toboso. Aumentando en este tema la ficción sobre la realidad. Dulcinea, realmente, no aparece, pero está presente en la mente de don Quijote y en la del lector, aunque este sabe, en todo momento, que lo que se cuenta de Dulcinea está en la mente de don Quijote pero no en la realidad.

Don Quijote pide a Sancho que le cuente como ha visto a Dulcinea y como ha reaccionado esta. Aunque es imposible que le haya dado tiempo a ir y volver, por eso le pregunta si ha ido y vuelto en volandas. A don Quijote no parece importarle que Sancho le mienta siempre que pueda amoldar las mentiras de Sancho a su ficción.

“¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas. Por lo cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo, porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena que yo no sería buen caballero andante, digo que este tal te debió de ayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge a un caballero andante durmiendo en su cama, y sin saber cómo o en qué manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció.”

Don Quijote en cada pregunta incluye una respuesta que Sancho va desmontando transformando la imagen idealizada que imagina don Quijote en otra mucho más rústica. 

“¿Y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo para este su cautivo caballero.

–No la hallé –respondió Sancho– sino ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa.

–Pues haz cuenta  –dijo don Quijote– que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos …”

Realmente, Sancho intenta rebajar la imagen de Dulcinea porque intenta que su amo acepte el matrimonio con Micomicona, ya que piensa que eso le traerá beneficios económicos. Aunque se tranquiliza cuando don Quijote le asegura que no tendrá que casarse con ella para conseguir dichos beneficios.

Sancho se inventa una historia para justificar ante don Quijote que realmente ha ido al Toboso y le ha dado la carta a Dulcinea. La historia que cuenta Sancho sobre esta, aunque realmente no la ha visto nunca, es la que parece real.

Don Quijote no quiere sacar a la luz la mentira de Sancho porque si esto se descubre se desmonta su ficción.

Cuando Sancho le dice que Dulcinea le pide que vaya a verla, él intenta cargarse de razones que justifiquen su falta de intención de ir a verla.

“Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora me manda que la vaya a ver? Que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, véome también imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes que mi gusto.”

Don Quijote practica el amor cortés. Este le explica a Sancho que en el amor cortés el amante es un vasallo de la dama y su obligación es servirla siempre y guardar silencio y secreto sobre los deseos de la amada.

“–Dígote, Sancho –dijo don Quijote, que estás en lo cierto, y que habré de tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que pues Dulcinea es tan recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo, no otro por mí, los descubra.”

Sancho no entiende esta situación

“–Pues si eso es así –dijo Sancho–, ¿cómo hace vuestra merced que todos los que vence  por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado?”

En este capítulo encontramos una contradicción: en el capítulo veinticinco Sancho dijo que conocía a Aldonza Lorenzo, dando algunos detalles de la dama y aquí se contradice dando a entender que jamás la había visto.

“Detúvose don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la había visto en su vida”

Cervantes es el primer autor que utiliza la reaparición de personajes, aunque fue Balzac el que se atribuyó la invención de este recurso. 

Es el caso de Andrés, el joven que don Quijote creyó que había liberado de los azotes de su amo y también que este había saldado su deuda económica con el joven y esto, realmente, no había sido así. 

Al enterarse don Quijote de que el joven no había cobrado su dinero y que su amo a palos lo había mandado la hospital se siente responsable y quiere ir en busca de este. Sancho le recuerda que tienen otras obligaciones que cumplir primero.

El capítulo está lleno de humor e ironía. Don Quijote cuenta ante los demás como había ayudado al joven hasta que se entera de cual había sido la realidad.  Don Quijote siente aquí vergüenza lo mismo que le había sucedido en el capítulo de los batanes. Se siente ofendido por la ingratitud de Andrés.

“–Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quién Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo. 

íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr de modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo.


Capítulo trigésimo segundo

El capítulo comienza cuando todo el grupo, don Quijote y todos los que le acompañaban llegan de nuevo a la venta. Aquí comienza la segunda estancia de don Quijote y Sancho en la venta de Juan Palomeque.

Al principio del capítulo la ventera le exige al barbero la restitución de la cola de buey donde colgaba su marido el peine. Por la forma en que está expresado se producen unos equívocos picantes.

“–Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos suelos, que es vergüenza ; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena cola.”

Al poco de llegar se suscita la discusión sobre las distintas actitudes y opiniones de varios de los personajes ante las novelas de caballerías. 

El cura se muestra conforme hacia los posibles efectos negativos de la lectura de estas novelas de caballerías que cuentan muchas falacias contraponiéndolas a la veracidad de las biografías autenticas. Esto puede llevar al lector a grandes confusiones, como es el caso de don Quijote.

La novedad de esta discusión en la venta es que no sólo van a opinar personajes cultos sino también gente del pueblo como el ventero, su mujer, etc.

“–No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en le mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuanto oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan que me toma ganan de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días.”

El ventero disfruta de las novelas de caballerías identificándose, en cierto modo, con el caballero. A la ventera le sirven de distracción y a la hija le gustan las historias sentimentales que se narran en ellas.
El cura y el barbero hacen alusión a el escrutinio de libros efectuado en el capítulo seis. El ventero habla de quemar más libros, esto podría ser un descuido, ya que el debería desconocer este hecho y tal vez pueda ser una errata de “mis libros” en vez de “más libros”. También cabe la posibilidad de que imaginemos que el cura al explicar al ventero, en el capítulo veintisiete, el problema de la locura de don Quijote le contara lo que había pasado con los libros de este.

Cervantes plantea un tema importante. ¿Es bueno que la gente de toda condición lea aunque no sean lecturas cultas? 

También llega a otra conclusión: según las opiniones vertidas por los distintos personajes en este capítulo, el gusto por las distintas facetas que ofrecen las novelas de caballerías no depende de la cultura del lector sino más bien de su sexo o edad.

Lo que también vemos es que esto personajes tienen muy claro lo que es realidad y lo que es ficción y disfrutan de la lectura de las novelas, como puro entretenimiento, sin que les produzca ningún trastorno. 

Al final del capítulo los personajes quedan a la espera de escuchar la novela que algún huésped ha dejado olvidada en la venta: El curioso impertinente.